Andrés Bello: Las múltiples facetas del lenguaje, por Iván Jaksic

Siete textos conforman Estudios sobre nuevos temas de lingüística bellista (Aduana Vieja Editorial, España, 2016), del ensayista, lexicógrafo e historiador venezolano, Francisco Javier Pérez, quien en la actualidad se desempeña como Secretario General de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Lo que sigue es la presentación del volumen.

Con una obra de décadas, Francisco Javier Pérez es hoy reconocido como una de las figuras más importantes del bellismo internacional. En la compilación que el lector tiene en sus manos, se puede aquilatar la bien merecida reputación del autor. Se trata de una serie de ensayos, aparecidos en diferentes momentos de su distinguida trayectoria intelectual, que demuestran con claridad y singular fuerza el eje principal por el que gira su interpretación de la obra de Andrés Bello: el lenguaje en sus múltiples facetas.

Por razones atendibles, en diferentes momentos de la historia fueron enfatizados otros aspectos de la obra de Bello. En una época de construcción de las naciones en Hispanoamérica, el aporte de Bello en el ámbito jurídico, tanto internacional como civil, era a la vez necesario y apreciado. Lo mismo ocurría con la notable tarea del sabio venezolano en la educación, desde sus decisivos argumentos a favor de una educación pública con sentido a la vez ciudadano y humanista, hasta la creación de la Universidad de Chile, que fue el pilar desde el cual se construyó una red de escuelas a nivel nacional. Su obra poética, para mencionar finalmente uno de los múltiples ámbitos en los que se desempeñó Bello, tiene no solo un carácter fundacional en las letras hispanoamericanas, sino que inspiró la obra de poetas y literatos a nivel continental. El reconocimiento de todos estos logros es merecido y justo, pero la historiografía y la investigación erudita sobre campos específicos ha tenido algunas carencias. Por largo tiempo se ha analizado la obra de Bello a partir de diferentes disciplinas, concentrándose en compartimentos autónomos antes que en el significado de la producción global de este notable polígrafo.

Si bien la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos (1847) tuvo una extraordinaria recepción ya en el siglo XIX y sigue siendo estudiada como una obra pionera en su género, debemos a un selecto grupo de investigadores, entre los cuales destaca Francisco Javier Pérez, el entender la gramática como parte de un pensamiento lingüístico más amplio. Y no solo dentro de un campo como lo comprendemos hoy, estrechamente profesional, sino en el sentido más amplio del lenguaje como eje central de la vida social y política y del desarrollo intelectual y espiritual de los seres humanos.

Los aportes de Francisco Javier Pérez, en este sentido, son determinantes y dan un giro fundamental a toda la investigación bellista contemporánea: nos invitan a profundizar en la concepción bellista del lenguaje y a verla como el punto aglutinador de todo su proyecto intelectual, político y cultural. Lo que antes apenas vislumbrábamos como un tema de importancia, se eleva hoy, gracias a la obra de nuestro prologado autor, como el sendero seguro que nos conduce a una nueva comprensión de la obra de Andrés Bello.

Y no podría ser de otra manera, puesto que Bello dejó bastantes rastros de su principal preocupación, opacada esta quizás por las muchas y surgentes transformaciones de carácter político y social que debió enfrentar en su larga vida. Pero ya en aquella Caracas virreinal que siempre añoró tuvo experiencias decisivas tanto en la adquisición de lenguas (el latín, el francés y el inglés), como en la reflexión sobre ellas. Desde aquellos años en que se desempeñó como Oficial de la Capitanía General, en la primera década del siglo XIX, datan sus preocupaciones en torno a los tiempos verbales de nuestra conjugación castellana. También desde aquel tiempo encontramos obras poéticas de singular vigor e importancia. No nos queda más que adivinar cuál hubiera sido el curso de los estudios que Bello realizó en aquel período de no mediar la crisis imperial que condujo a la independencia hispanoamericana. Lo que sí sabemos es que Bello no perdió su interés por el lenguaje: por el contrario, lo enriqueció con nuevas improntas en aquel contexto que Rafael Caldera denominaría “la incomprendida escala de Bello en Londres”. Sabemos ahora cuánto Bello supo aprovechar aquel período (1810-1829), navegando por aguas orientalistas, medievalistas y en último término románticas. De allí surgen sus pioneros estudios cidianos, como también sus grandes creaciones poéticas (que aúnan, como señala nuestro autor, literatura y lexicografía) y sus primeras propuestas para romper el anclaje de las gramáticas generales y racionalistas y entrar en el firme terreno del análisis científico de las lenguas particulares entendidas en toda su identidad y riqueza.

En Chile lo vemos también debatiendo sobre una variedad de temas relacionados con el lenguaje, desde las peculiaridades del español chileno, la importancia del latín para los estudios secundarios y especialmente para la carrera del foro, el clasicismo en pugna con el romanticismo, hasta la gran culminación que fue la Gramática de la lengua castellana. Pero no se detuvo allí, corrigiendo hasta cinco ediciones en vida de esta gran obra, sino que volvió a los estudios medievales para observar con paciencia y afán científico no exento de simpatía humanística la disolución del latín como lenguaje dominante y el lento y complejo desarrollo de las lenguas vernáculas. No es coincidencia que su última gran obra fuese su inconclusa reconstrucción del Cantar de Mío Cid, generosamente entregado a la Real Academia Española, que lo había acogido como miembro honorario y luego como miembro correspondiente, y que Pedro Grases denominaría acertadamente como el “testamento cidiano” de Andrés Bello.

El lenguaje en todas sus facetas fue la preocupación central de Andrés Bello. ¿A qué podía deberse tal énfasis en una persona cuyos talentos se invertían en tantas necesidades más urgentes? Bello fue un constructor de naciones, y por ello veía en el lenguaje un modelo de continuidad y transformación, una persistencia en el tiempo que opacaba la de cualquier sistema político moderno. Quería por ende que estos fuesen más duraderos, más firmes, más compartidos y legitimados por la necesidad de adaptación a que debían recurrir sociedades muy diversas. Quería construir desde el terreno firme del “genio” de la lengua, aquel conjunto de procesos individuales y sociales que, siguiendo sus propias leyes, constituía comunidades coherentes y capaces de enfrentar cambiantes realidades. Bello intuyó temprano, y desarrolló después con convicción, el poder pleno del lenguaje para influir en la vida de las naciones y de los individuos.

Todo este singular y grandioso proyecto se expresa con lucidez y amena lectura en la notable compilación Estudios sobre nuevos temas de lingüística bellista. Con ella logramos finalmente los instrumentos conceptuales e históricos para hacer justicia a aquel Bello que desde principio a fin vio en el lenguaje el fundamento de toda reflexión, de toda creación y de toda construcción de una vida futura anclada en los logros del pasado. Solo nos faltaba un eximio lingüista como Francisco Javier Pérez, con sensibilidad contemporánea y amplia vocación humanista, para entregamos un Bello rejuvenecido y relevante para los desafíos que hoy enfrentamos. Que además lo haga con plena conciencia de la labor de sus colegas pasados y presentes, creando una comunidad efectiva de colaboradores, agrega una importante dimensió
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Estudios sobre nuevos temas de lingüística bellista

Francisco Javier Pérez

Aduana Vieja Editorial

España, 2016

En: http://www.el-nacional.com/noticias/entretenimiento/andres-bello-las-multiples-facetas-del-lenguaje_190900