Conversación con José Napoleón Oropeza

Por Julio Bolívar

José Napoleón Oropeza (Puerto Nutrias, Barinas, 1950), radicado en Valencia desde hace muchos años, recorre la trayectoria de su obra narrativa y crítica; a propósito de la presentación en Barquisimeto y Carora, este próximo 15 y 16 de marzo, de su última novela El cielo invertido.

Caracas, Los Chaguaramos, 27 de Noviembre 2017.

1. Estás trabajando el último tomo de lo que ya sería un Quinteto, después de tu novela sobre Salvador Montes de Oca, El cielo invertido. ¿Con esta nueva novela que cierra un edificio narrativo estructurado por un personaje central, Eduardo Montes, quien atraviesa todo este mar narrativo, como diría José Balza; te queda algo por escribir todavía?

—Aún no he comenzado a escribir la primera versión de la novela que cerraría el periplo iniciado con Las redes de siempre. Me encuentro en el proceso de investigación: empiezan a aflorar algunas imágenes que emergen y crean una suerte de remolino interior: se inicia el proceso de atisbo de algunas señales, algunas posibles anécdotas. La titularía Para cerrar un cuerpo, en homenaje a Oswaldo Trejo, quien, durante muchos años, al igual que Esdras Parra, fue mi amigo, mi hermano, mi maestro. El título se lo debo precisamente a él. Como te decía anteriormente, me encuentro en el proceso de investigación y de anotaciones, de lecturas de las obras de la gran poeta Enriqueta Arvelo Larriva y de Esdras Parra, quienes, conjuntamente con Eduardo Montes y otros personajes que surgirán sobre la marcha del relato, “anudarán” el cuerpo del libro.
“Igualmente, en estos días revisaré otra novela que, en su primera versión, acabo de concluir y que no forma parte del corpus narrativo armado por Eduardo Montes. Se titula La lluvia inconclusa. Hace dos años terminé un libro de cuentos titulado El huésped invisible. Ojalá logre publicarlo pronto. El mundo editorial no escapa de la crisis en la cual estamos inmersos y que nos consume tantas energías, pero alguna puerta se abrirá. Eso espero y deseo. Pero, entretanto, no paro de leer ni de escribir: sigo levantándome todos los días de madrugada, esperando que, antes de que salga el sol, habré leído unas cuantas páginas o habré escrito aunque sea una sola página.

2. Paralelamente a este conjunto de novelas has escritos otros textos como El bosque de los elegidos, escrito en homenaje al gran artista de la fotografía Diane Arbus; Entre el oro y la carne, novela armada sobre aspectos de la vida del bolerista Felipe Pirela y Testamento de un pájaro, así como numerosos cuentos y ensayos. ¿Siempre con un lenguaje focalizado por la imagen, concibes otra manera de narrar o ver lo que no ha sucedido?

—Creo que ello se explicaría en el hecho de que soy un empedernido lector de poesía. Las narraciones, cuentos, novelas e incluso el abordaje de lo real a partir de la forma ensayo, nacen y crecen siempre a partir de una imagen o de un grupo de imágenes que van dando forma al tejido verbal. Así nació y creció Los perfiles de agua, mi primer libro de ensayos. Como diría Wallace Stevens la imagen constituye la revelación, el aura que sostiene el universo: así como lo real resulta ser el elemento indispensable para el surgimiento de la metáfora, en la narración, la imagen configura la armazón del cuerpo, proporciona la luz insondable desde la cual se atisba un posible universo. ¿Quién, ni siquiera yo, hubiese creído, antes de que se produjera tras el estallido de una imagen de centenares de graffiti en las paredes de la Valencia de los años ochenta, surgiría en mí el fogoso deseo de escribir Testamento de un pájaro?

3. ¿De todos tus libros cuál dirías que es el mejor?

—-Creo que Las puertas ocultas, novela que forma parte de la pentagonía que me propuse escribir desde el nacimiento de Las redes de siempre, constituye el primer gran nudo de ese cuerpo narrativo imaginado y estructurado por Eduardo Montes. Dentro de ese cuerpo es el tercer libro, concebido casi inmediatamente después de Las hojas más ásperas, segundo libro, escrito en Londres y luego revisado acá en Valencia. Después de publicar ese tercer libro, me concentré en la revisión formal de El cielo invertido, publicado en el año 2016, bajo el patrocinio de Bidanco y la Universidad Católica Andrés Bello. Cuando te hablo de “gran nudo” quiero destacar tanto el lirismo de la prosa como el equilibrio arquitectónico de Las puertas ocultas, escrita en una especie de rapto en el momento en que me propuse dar forma a una anécdota que venía gestándose a lo largo de más de treinta años, cuando ocurrió mi primera visita a La Habana. Pero creo que, a la hora de efectuar un balance muy íntimo de lo que he escrito hasta ahora—novelas, cuentos, ensayos—sigo teniendo especial predilección por El bosque de los elegidos, concebido y escrito en Londres en los años ochenta, tras el enorme impacto que me produjo descubrir la belleza y el drama humano que envolvía a la fotografía de Diane Arbus: otear en aquellas fotografías la belleza de los “monstruos”, de los seres marginados por todas las sociedades: una prostituta, un retrasado, un drogómano, un travesti, fue todo un desafío. Envolver su existencia en una atmósfera desolada—pero insondablemente hermosa—produjo en mí grandes satisfacciones. Siempre será un pozo. Te hablaba antes de la llamarada que se produjo en mí tras ver y admirar, por vez primera, las fotografías de Diane Arbus y la magia de un graffiti que proporcionaría en mí, la explosión interna a la cual daría forma en Testamento de un pájaro. Tanto El bosque de los elegidos, como—casi enseguida—Testamento de un pájaro, surgieron de mi hallazgo de la obra de esta extraordinaria artista y de los escritores anónimos que registraban imágenes y hasta símbolos en las paredes de Valencia. La recepción que ambos libros produjeron en algunos lectores me produjo grandes alegrías: El bosque de los elegidos ha sido leída y comentada con verdadero fervor por algunos escritores y poetas connotados, entre ellos Julio Miranda, Luis Britto García, María Antonieta Flores y el escritor cubano Raúl Rivero. Su lectura y comentarios me llenaron de gran regocijo. Descubrí, maravillado, que esa novela había producido diversas emociones, lecturas e interpretaciones y hasta cierto estremecimiento en algunos lectores.

4. Tu obra siempre retrata la vida de hombres y mujeres con un universo particular y hermoso, que paradójicamente resultan rechazados, a pesar de sus vidas dramáticas o desgraciadas como Felipe Pirela, Esdras Parra, Enriqueta Arvelo Larriva, Salvador Montes de Oca, el cubano Virgilio Piñera, seres que más allá del fulgor en sus obras, han sido apartados, marginados por la crítica y el stablisment literario. ¿De dónde surge ese interés, esa atracción?

Creo que en cierto modo te he hablado de tal “atracción” cuando descubrí el universo de Diane Arbus, tan fascinante y poético. Constituyó —y todavía lo es—un universo inagotable, profundamente insondable que nunca terminará de ser “leído”. Sin embargo, debo reconocer, igualmente, que en el universo de mi infancia, allá en Puerto Nutrias y en Pedraza, inolvidables pueblos barineses donde pasé mi infancia, se fueron tejiendo en mi alma, en el alma del niño que no distinguía qué era real o fantástico. Es decir, el niño que fui no conceptualizaba sobre todo lo que acontecía a su alrededor, pero vivía absorto en una atmósfera de continua ensoñación: la figura de un padre y de un tío sumergidos noche y día en el alcohol, las crecidas del río que, por igual, nos dejaba en el patio de la casa a un caimán extraviado o una mujer sin dientes que pasaba por las calles vestida con pieles de culebra, armada de un rejo con el cual supuestamente le pegaba a sus padres y de quien se decía en corrillos del pueblo que era, a la vez, hombre y mujer. Seguramente tales imágenes, arquetípicas o no, permanecieron inmersas en mí, a la espera de otro instante en que, tras una especie de niebla, se produjese la posibilidad del reencuentro fascinante con lo “oscuro”, con lo irreal, con las visiones fantásticas y patéticamente reales de seres que como Felipe Pirela, Esdras Parra, o Salvador Montes de Oca surgen dotados de un ánima revestida por una luz distinta a la de los seres que los rodeaban. Todos ellos nacieron dotados de un talento especial: una manera de comprender y de asir lo real desde una visión diferente a la de sus congéneres. Esa “luz” distinta, surge, en diferentes escenarios, ante mi vista, como el lugar para el reencuentro con las imágenes arquetípicas de lo “monstruoso” que se produjo en la infancia cuando veía pasando por las calles aquella mujer (o aquel hombre) fascinante que recorría Puerto Nutrias, paseándose con un rejo o una enorme boa deslizándose por su pecho desnudo. Tan fascinante como pudiese resultar la espera de la muerte durante tres días, en el caso de Salvador Montes de Oca, coronado con alambre de púas, alrededor de la cabeza y del cuello, gritando Viva Cristo Rey, a pleno sol, al borde de su tumba.
Esos seres envueltos en un halo luminoso, porque hacen de sus acciones un escudo de lucha, como fue el caso de Virgilio Piñera enfrentando al régimen comunista transmutado en un viejo pánico; de Esdras Parra convirtiendo su propio cuerpo en la posibilidad de un viaje en perpetuo vaivén, en busca de la definición sexual. Seres que nos resultarán siempre fascinantes porque, más allá de la vida o de la muerte, crearon, a su paso por la tierra un pozo de infinitos halos luminosos, al ofrecer su vida—tal como lo hizo San Juan de la Cruz a su manera—como el lugar para la transmutación y refundación del ser a partir de todo cuanto hacen o ejecutan desde su ámbito existencial, religioso o artístico: tras cada acto suyo, vuelve a repetirse la historia del Génesis en la parcela o esfera en la cual se debate su periplo de vida.

5. Quizá tu obra es de difícil acceso, la crítica especializada ha sido algo elusiva con la misma. ¿A qué crees tú que se deba eso?¿Correrá la misma suerte El cielo invertido?

No lo sé. Tal vez se deba a desinterés, o quizá a falta de promoción. Sobre El cielo invertido han escrito, hasta ahora, Alberto Hernández, Ricardo Bello, Rafael Calderón y Eduardo Casanova, aparte de una hermosa y acuciosa entrevista que me hizo la periodista Dulce María Ramos con motivo de su lanzamiento. Seguramente ya vendrán otras notas de acercamiento.
Creo que en la promoción de esta última novela, nos ha afectado muchísimo la situación de desmembramiento que vivimos en nuestro país, no sólo en lo económico, sino, también en lo social. Muchas presentaciones de la novela que estaban previstas para realizarse en Barquisimeto, en Carora, en Mérida, en Trujillo, en Valera, fueron suspendidas por el clima de crispación social y político que hoy vivimos en nuestro país y que se ha profundizado en los últimos años. La gente está hoy más urgida de conseguir medicinas o comidas, en protegerse cuando sale a la calle que en leer. Esa es la terrible verdad.
Sobre el silencio de la crítica especializada, creo que ha sido casi una tradición en nuestro país que la crítica sea tardía, escasa o que en la mayoría de los casos se torne inexistente. Sin embargo, uno no está esperando a que la crítica se vuelque enseguida sobre las obras que escribimos. Yo no pararé de escribir. Que existan críticas o comentarios sobre mi obra tal vez sea cuestión de buena o mala suerte, quizá. Nunca he buscado ni reconocimientos, ni homenajes, mucho menos solicitado críticas o lecturas sobre mi obra.
Sin embargo, cuando existe alguna crítica, cuando se producen abordajes o estudios serios en revistas especializadas, o en los predios universitarios, uno se contenta. No deja de ser estimulante oír o leer las opiniones de los lectores. Y si procede de los estudiantes universitarios mucho más: siempre andan algunos en busca de “verdades”, de “espejos” y de “luces” en los textos que leen.

6. Para fijar un rostro ha sido una de las más amplias y profundas reflexiones sobre la narrativa venezolana ¿qué hay de aquel ensayista riguroso que escribiera ese libro referencial?

Para fijar un rostro, concebido y estructurado inicialmente mientras cursaba mis estudios doctorales en el Kings College de la Universidad de Londres desde julio 1978 a 1982, que ha sido revisado en varias oportunidades y publicado, inicialmente, por la Editorial Vadell Hermanos en 1984 y luego reeditado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de Carabobo en el año 2003, ha sido una suerte de diálogo e inventario de mis aproximaciones al estudio del devenir de la forma de la novelística venezolana. Una especie de diálogo que arranca con el legado del maestro Rómulo Gallegos, pasando por el inventario de todos las indagaciones formales de los grandes maestros de la novela nacional, entre ellos, Uslar Pietri, Otero Silva, Garmendia, González León, Trejo, Balza, Britto García, Noguera hasta Francisco Massiani. En la actualidad, realizo el inventario de la obra de otros novelistas importantes que, o surgieron después de Massiani o que no fueron tratados en la oportunidad en que concebí en Londres el libro, bajo estrictos compromisos académicos—tales como el requisito de que las novelas examinadas se hallaran disponibles en la Biblioteca del Kings College o en la de la Biblioteca Central de la Universidad de Londres. Por citar un ejemplo, en esa oportunidad no fue revisado el universo novelístico creado por Denzil Romero.
En estos días, además de trabajar en la primera versión de La lluvia inconclusa, me encuentro “dialogando” con la obra de los novelistas que no fueron examinados en esas oportunidades y que ya exhiben un universo sólido de propuestas dignas de estudio y de reflexión crítica, como sería el caso de Eduardo Liendo, Edilio Peña, Victoria Di Stefano, Denzil Romero, Federico Vega y Francisco Suniaga.
En cuanto al “diálogo” con los nombres, figuras o que fijaron o marcaron tendencias dentro del proceso de la evolución de las formas, estructuras y técnicas en la poesía escrita a lo largo del Siglo XX, me sucedió algo similar en la concepción y escritura de El habla secreta, editada inicialmente por el CONAC y la Asociación de Escritores del Estado Barinas, en el año 2002 puesto que el libro fue presentado a la I Bienal de Nacional de Literatura “Orlando Araujo” en el año 2001 y obtuvo el Premio Único.
Luego de agotada esa edición, la Universidad de Carabobo realizó otra, publicada en el año 2011, Ha sido reeditada, en formato digital. En la actualidad me encuentro dialogando y revisando nuevos nombres y tendencias surgidas después de Harry Almela, con quien cerré el registro cuando concebí y estructuré el libro a comienzos del año 2000, después de pasearme por las líneas y espejos creados por Salustio González Rincones, José Antonio Ramos Sucre, Fernando Paz Castillo, Vicente Gerbasi, Ida Gramcko, Enriqueta Arvelo Larriva, Luz Machado, Rafael Cadenas, Alfredo Silva Estrada, Eugenio Montejo entre otras figuras más, hasta llegar, como te decía antes, a la revisión de la obra de Harry Almela.
Por los momentos, me encuentro en proceso de lectura del universo escrito y publicado, por figuras y nombres surgidos y emergentes en estas primeras décadas del Siglo XXI, con el fin de acercarnos, si no, al “rostro” absoluto de nuestra poesía y nuestra novela, por lo menos sí al mayor número de líneas y perfiles que apunten hacia la consolidación de un universo cerrado o abierto a nuevas indagaciones y partiendo siempre, como base, del abordaje y estudio de autores que, tengan, al menos, dos libros publicados, pues ello permite atisbar las posibles líneas que consolidarían una voz y un universo peculiar dentro del proceso y devenir histórico de nuestra poesía.

7. Ha pasado un año difícil dentro del país, convulsionado tanto social como políticamente, desde el año de la salida de tu última novela. ¿Qué temas te preocupan del país para lo que viene a partir del año 2018? ¿Acaso temas relacionados con estos tiempos tan inestables como nunca en el país?

Sí. Vivimos en un país deshilachado por la barbarie enquistada desde el poder en las últimas décadas, sometidos a un vaivén incesante: todos los días amanecemos inmersos en medio de una escena realmente aterradora. Pero, sobre todo, por la violencia cotidiana propiciada por dos fenómenos sociales que parecieran no tocar fondo nunca: cambian todos los días pero para mal, pues se intensifican sin que exista ni un ápice de voluntad manifiesta de parte de la claque gobernante en el país por ponerle fin: me refiero a la violencia brutal en las calles y a la hambruna generalizada, aupada por la desidia para establecer un proceso de revisión en las políticas económicas que abra, lenta, pero de manera segura, un camino progresivo hacia la solución de estos problemas.
La hambruna en la calle se ve y se palpa con mucho dolor. Gente peleando en las calles por quedarse con el mejor “botín” recogido en las bolsas de basura. Hordas de niños harapientos deambulando en las calles, como nunca antes lo habíamos visto, y lo más terrible de todo: niños que asesinan a policías, pandillas de niños armados que andan “por estas calles” buscando comida, pero, también, participando de arrebatones de carteras en los autobuses o en las colas, las interminables colas de la gente que busca, desde la madrugada, que amanece a la espera de que abran el supermercado, esperanzada en conseguir “cualquier” cosa qué comprar. La hambruna, la escasez de medicinas y alimentos y la hiperinflación o el arrebato al escuálido bolsillo de nosotros los tristes asalariados por parte de unos comerciantes que `ponen a las cosas el precio que les da la gana, son los perfiles de un país hundido en la miseria, en una guerra cotidiana de pobre contra pobre, propiciada a mansalva, desde las altas esferas del gobierno.
A todo ello se añade la violencia en las calles, la violencia verbal y la física que lleva, lamentablemente, en muchísimos casos, todas las semanas, a un incremento del índice de muertos tras los asaltos en las calles, o dentro de las casas.
En esa novela que, como te lo referí anteriormente, acabo de concluir en su primera versión, titulada La lluvia inconclusa planteo esa problemática, como lo hice, dentro de otra perspectiva y con otros propósitos al analizar y ofrecer visiones sobre el país, su devenir histórico y sus problemas sociales en fragmentos de Las redes de siempre, en algunos de mis relatos o en Las hojas más ásperas y, también, en cierta manera, en Testamento de un pájaro.

8. ¿Entre los venezolanos, qué autores actuales te interesan?

Leí, cuando recién fue publicada, la novela La otra isla de Francisco Suniaga y me gustó muchísimo, lo mismo que El pasajero de Truman, de Federico Vega. En estos días volveré a ellas. Releo casi siempre, con obsesiva frecuencia, Marzo Anterior y la siempre hermosa Setecientas palmeras plantadas en un mismo lugar, de José Balza. Igualmente Lluvia de Victoria Di Stefano, quizá su mejor novela.
Para mí, esas novelas son y serán siempre actuales, como también lo será Canaima, de Rómulo Gallegos, El osario de Dios, de Alfredo Armas Alfonzo, Cubagua, de Enrique Bernardo Núñez, Cumboto, de Ramón Díaz Sánchez y Piedra de Mar, de Francisco Massiani. De los autores más jóvenes he leído y releo estupendos cuentos de Héctor Torres, Rodrigo Blanco Calderón y de Domingo Michelli, tristemente desaparecido a muy temprana edad, novelas de Juan Carlos Méndez, Rubi Guerra, Gustavo Valle, Juan Carlos Chirinos, Fedosy Santaella y Juan Carlos Chirinos, cuyas propuestas formales me han resultado novedosas y muy acertadas, que, indudablemente, contribuyen al fortalecimiento de nuestra novela contemporánea y trazan, cada uno de ellos, líneas y tendencias sumamente interesantes.
No sé si la lista de los “actuales” será larga o no. Pero es mi lista. Sin nombrarte otras que me acompañan casi a diario, como sería La Biblia o los poemas de Enriqueta Arvelo Larriva, Vicente Gerbasi y Eugenio Montejo, en el terreno de la poesía venezolana que, como te decía anteriormente, constituye para mí un pozo insondable: yo leo poesía todos los días del mundo, lo mismo que una o dos páginas del Viejo Testamento y de Don Quijote de La Mancha: la Biblia y Don Quijote serán siempre el sol, la luna y las mareas. Y ha sido siempre desde el año 1965, cuando en el Seminario de Guanare, me sentaba a leer sus páginas, a las cuatro de la madrugada, sentado en una poceta, esperando desde allí el amanecer.

9. ¿Me pregunto sobre el Oropeza cuentista, habrá otro libro reunido como Entre la cuna y el Dinosaurio (El Otro, el mismo, 2006) para estos días que vienen?

Como apunté anteriormente, terminé de escribir y ahora reviso un nuevo conjunto de cuentos que he titulado El huésped invisible en el cual reúno todos los relatos en los cuales venía trabajando desde el año 2002, cuando di a conocer, a través de El Nacional, la pieza Entre la cuna y el dinosaurio, con el cual obtuve el Premio de Cuentos de El Nacional, por segunda vez y que abrió la antología que, bajo ese mismo título editara Víctor Bravo en el año 2006 como señalas.

10. ¿Te gusta Rómulo Gallegos? ¿Tu trabajo nos recuerda la coherencia del edificio narrativo que nos legó el maestro Gallegos?

Tú has leído Para fijar un rostro y sabes que valoro muchísimo su esfuerzo en ofrecernos un “mapa” del país a través de la reinvención de mitos e historias de nuestras regiones planteadas en sus novelas. En el conjunto me sigue gustando muchísimo Cantaclaro y, sobre todo, Canaima a la que considero el gran nudo de toda su invención creadora.
Me resulta elogioso el que compares mi propuesta con la del gran maestro. En cierto modo, como te decía en la respuesta a una de tus interrogantes, he tratado de ofrecer una “visión” de algún aspecto histórico o social del país en mis novelas, y en muchos de mis cuentos. Parte de la noche o mucho más, quizá, A punto de detenerse sobre las cenizas recogen y expresan desde la ficción mis planteamientos sobre el problema de la violencia generada entre los jóvenes de nuestro país. En mi novela Testamento de un pájaro, desde la visión de un graffitero, se recoge, parte de ese “retrato” de país, expresado en la escritura en las paredes.
10. Durante muchos años fuiste un hombre de la gestión cultural, presidente del Ateneo de Valencia, aquella institución de la ciudad que convocaba al país a la Bienal de Literatura “José Rafael Pocaterra” y al Salón “Arturo Michelena”, una gran confrontación de arte que marcó pauta en el país de las artes plásticas, de innegable prestigio. ¿Cómo ves la actividad cultural en Venezuela, hacia dónde apunta la gestión de estos 18 años de un gobierno con un solo signo ideológico?
Es triste comprobar que no existe una política de apoyo a la gestión y desarrollo cultural de una gestión que propicie el estímulo a la actividad creadora que, en solitario, desarrollan los artistas, los escritores, los cultores populares. La edición de libros prácticamente ha quedado reducida a la poca gestión que se desarrolla desde la iniciativa privada o desde la Dirección de Culturas de algunas Alcaldías y Gobernaciones.
MONTEAVILA en la práctica, desapareció. La misión que se desarrollaba en los Museos, en la red de Museos que era todo un orgullo en el país, ha desaparecido. Sobreviven algunos museos porque, a duras penas, mantienen exposiciones de sus colecciones, pero no se puede hablar de que existe un museo porque muestre, de cuando en cuando parte de su colección, si no se educa, si no se investiga, si no se publica y si no se conserva su colección.
Instituciones de gran raigambre y de gran tradición en el desarrollo de programas de formación y de difusión paradigmáticos como el Salón Arturo Michelena o Festivales de Teatro, desarrollados e impulsados en el Ateneo de Valencia, de Caracas, de Trujillo, de Valera, han desaparecido tras las tomas y el asalto a estas y otras instituciones, en nombre de una supuesta “revolución” que se ha basado en la violencia destructiva, en el asalto al trabajo creador, al despojo, para convertir a las instituciones tomadas o asaltadas en simples oficinas productoras de eventos propagandísticos o afectos al “proceso” de destrucción y de ruina en la cual se ha convertido a nuestro país de forma cruel e inmisericorde.
¿Qué ha pasado con las instituciones que han sido asaltadas y tomadas por unos cuantos bárbaros en nombre de una supuesta revolución destinada a llevar cultura a los pobres? Han sido convertidas en tristes ranchos, en bodegas para el tráfico de supuestas ideologías trasnochadas, presentaciones teatrales de muy poca valía y espectáculos musicales que sólo sirven para ensalzar supuestas ideologías revolucionarias.

11. José Napoleón, vuelvo a tu última novela publicada, El cielo invertido (Bid& Co, 2016), de aquel país del olvido como lo llama Alberto Hernández, y de las traiciones y conspiraciones ¿tú crees que ha cambiado algo en el alma del venezolano, con los mecanismos de la vida moderna o esa relación entre los valores y la democracia?
Los años de la mal llamada “cuarta república”, por quienes detentan el poder en los últimos años, con todos sus defectos, sentaron las bases del progreso social y del fortalecimiento intelectual: se robustecieron las Universidades autónomas que funcionaron y funcionan siempre de manera gratuita; surgió un parque industrial en las principales capitales de estado, quizá con Valencia a la cabeza de la meta de estrechar vínculos entre la clase empresarial y la trabajadora; se actualizaron las escuelas normales para la formación de los maestros de escuela primaria; se abrieron escuelas técnicas y politécnicos; se inauguraron y mantuvieron museos que, como el Museo de Bellas Artes, la Galería de Arte Nacional y portentoso museo fundado por Sofía Imber, no tenía nada que envidiar en su estructura a cualquiera de los museos del mundo; se fortalecieron los medios de comunicación social y se estimuló la creación artística desde las escuelas de artes plásticas; de música y de artes escénicas. Todas las actividades que se desarrollaban en el seno de estas instituciones siempre han sido ofrecidas de manera gratuita, con oportunidad para participar de ellas a todos los venezolanos, sin distingo de clase social.
Así como se atendía al ciudadano en lo social, se desarrollaba un plan de atención a su salud física y mental, en los hospitales. Todo de manera gratuita. Los hospitales estaban dotados y brindaban a la ciudadanía todos los servicios: desde las consultas médicas que se cumplían por previa cita hasta las emergencias, sin olvidar los servicios quirúrgicos brindados, de manera gratuita a la ciudadanía. ¿Alguna vez, un paciente, en aquellos años de la desdeñada cuarta república tuvo que llevar al quirófano los instrumentales necesarios para ser operado?
Paralelamente, al establecimiento de instituciones educativas de todos los niveles, sostenidas por el estado y de los hospitales, surgieron instituciones tanto educativas como de salud, sostenidas por la iniciativa privada. Quien podía pagar por esos servicios, los pagaba sin afectar, con ello, el funcionamiento de las instituciones oficiales que ofrecían sus servicios de manera gratuita. A nuestras universidades, escuelas técnicas y politécnicas, se accedía de manera gratuita y esto debemos reiterarlo. Sólo se exigía talento y atender a los compromisos intelectuales que el ser universitario acarrea. Creo que, por ejemplo, eliminar las escuelas normales y las escuelas técnicas, fue un craso error. Porque se borró, en un instante, toda una historia de logros y oportunidades para quienes no lograban el acceso a las universidades e instituciones de educación superior, bien por falta de preparación intelectual o por la evidente demanda ante el crecimiento poblacional en nuestro país.
Creo que la situación de ser un país en desarrollo, independientemente de la atención a un sector considerado como “privilegiado” por algunos políticos, afectó en la formación integral de todos los ciudadanos, al no crear programas sociales que atendieran, no de manera espasmódica, sino constante, a las clases más desposeídas. El crecimiento de los índices de la pobreza, fue generando un malestar social cada vez más creciente. Al mismo tiempo, desde el seno de las instituciones destinadas a formar fuertes valores como la convivencia social, la solidaridad, dieron paso al resentimiento social y a la generación de una escalada de violencia en las calles cada vez más acentuada.
Igualmente, a lo largo de aquellas décadas prodigiosas—y esto también hay que decirlo—se fomentaron, de manera consciente o inconsciente, a través de los medios de comunicación social, acciones que estimularon al exacerbado consumismo, en desmedro de lo más sólido en cuanto a principios morales: atender al crecimiento personal, en función de contribuir con el crecimiento del otro, en función de la convivencia y la solidaridad social. Yo creo que en eso se falló. Ello abrió la brecha al resentimiento social y al odio, muchas veces estimulado, en estos días, desde las altas esferas del poder, desde donde, además, se estimula igualmente el “facilismo” y se genera la proliferación de dádivas para aliviar, en parte, los problemas de carestía y desabastecimiento de alimentos a todos los niveles.
Creo que uno de los males fomentados por el populismo, la política y del regalo de dádivas acentúa el desconocimiento del otro, así, como también, la creencia de que todo problema social o económico se resuelve a partir del facilismo, sin fomentar políticas educativas que estimulen al ciudadano a estudiar y a formarse en las aulas universitarias. Muy, por el contrario, con la reorientación de los programas de formación en los niveles primario, medio, y hasta universitario, en nombre del compromiso social y de los programas “comunitarios”, se incrementa tanto la separación de los grupos sociales, como la idea y creencia de que todo puede lograrse, de inmediato, si se posee el Carnet de la Patria, o cualquier otro documento que se improvise y se le dé carácter de necesario y vital para acceder a los servicios educativos, o de salud y adquisición de una vivienda.

12. Con la figura de Monseñor Montes de Oca logras un personaje que tiene una vida paralela con el narrador y Eduardo Montes, esa especie de alter ego del escritor Oropeza, ya apuntada por Ricardo Bello, conviven en Valera, en Puerto Nutrias, en Guanare, en Barquisimeto y en Valencia y hasta en el Convento de La Cartuja, en Parma, donde concluye, trágicamente, el periplo vital de Salvador Montes de Oca. Todos esos personajes, creyentes y soldados en la fe de cristo, y escritores. Háblame de esta metamorfosis.

El gran tema de la novela El cielo invertido es la traición. Tanto Eduardo Montes como Salvador Montes de Oca, como personajes producto de la invención del novelista, quien, a partir de los valores—en el sentido que nos los revelara E. M. Forster, en su magistral texto Aspectos de una novela—los recuerdos imborrables en los cuales pareciera detenerse el curso y fluir del tiempo en el ser—real o ficticio—y quedar como instante congelado ( o retrato de un momento inolvidable) memoria involuntaria no sujeta a cambios o a contingencias, como pareciera haberlo intuido y dilucidado para nosotros Gaston Bachelard y dibujado, de manera magistral por Marcel Proust en su gran fresco En busca del tiempo perdido atraviesan, cada uno en su tiempo y en su espacio, distintos escenarios: el de Valera, ciudad en la cual vivió Eduardo y conoció por referencias y de labios de otro personaje, cura párroco del cual fue monaguillo en la Catedral San Juan Bautista, de Salvador Montes de Oca, quien habría sido compañero de estudios en el Colegio Pío Latino de Roma, del padre Ignacio Andueza, antiguo párroco de la Catedral, también traicionado y destituido de su cargo de párroco de la Catedral.
Eduardo a punto de ingresar al Seminario y todavía viviendo en Valera, a quien su amigo el párroco Alberto Gudiño ha encomendado buscar en la Biblioteca parroquial supuestas cartas cruzadas entre el padre Ignacio Andueza, el antiguo párroco (a quien Gudiño envidia y detesta, quizá por constituir para él un espejo acusador y que desnuda su ruindad) y Salvador Montes de Oca. Entonces se produce en la mente y en el alma del muchacho—que para ese entonces contaba doce años de edad—una especie de atracción y obsesión por la figura de ese Obispo, a quien Gudiño, en el fondo de su alma detestaba tanto como a Andueza.
En el alma del muchacho se anidó el gusanillo por indagar sobre la vida del Obispo mártir. El deseo por conocer más de la vida de quien ya sabía asesinado en un oscuro episodio de finales de la Segunda Guerra Mundial, no dejaba en paz a Eduardo. Ingresa al Seminario Diocesano de Guanare y empieza a ensoñar y, hasta en cierto sentido, a inventar anécdotas relacionadas con la estadía de Montes de Oca en el Pío Latino, su ordenación como sacerdote, su labor como párroco en Cubiro, en Sanare, su labor como periodista en un periódico de la Diócesis de Barquisimeto y su consagración como Segundo Obispo de Valencia, donde descolló no sólo en su labor Episcopal, sino como defensor de principios de la fe cristiana, tales como la defensa del Sacramento del Matrimonio Eclesiástico, de manera pública, ante la petición de un alto miembro del Poder Ejecutivo, representante de Juan Vicente Gómez en Carabobo. Su negativa a casar en segundas nupcias al Presidente del Estado Carabobo, le costó el exilio.
Exiliado en Trinidad, Montes de Oca se dedicó a escribir y a dictar conferencias. Gómez, de común acuerdo con la autoridad máxima de la Iglesia Católica en Venezuela, el Arzobispo de Caracas, decide indultar al exiliado. Abolido el decreto de expulsión, Montes de Oca retoma sus funciones. Entonces se produce otra maraña en su contra: el padre Joaquín Ariza Barráez, Vicario General y secretario del Despacho, quien era sobrino del padre Victoriano Barráez, a quien él siempre quiso como Obispo, pensando, quizá que pudiese sucederlo si moría “accidentalmente” en ejercicio del cargo.
Eduardo, entretanto, no sólo se dedica a estudiar latín, con verdadero fervor, sino, también, a leer a Virgilio, a Cicerón, a Homero y a Píndaro, sino, también a seguir en su proyectado sueño de vida, junto con el deseo de ser sacerdote: indagar sobre la vida de Montes de Oca, su martirio y su muerte. Convierte su preparación intelectual en una verdadera arma, en un desafío a los compañeros seminaristas que, capitaneados por José Peña, El Conejo, lo desprecian, pues lo consideran un “enemigo” que no hace lo que los demás hacen: en vez de jugar al futbol en las horas de descanso y recreo, se dedica a leer, o a inventar episodios y diálogos sostenidos con Montes de Oca en horas de la madrugada.
Espejo contra espejo se producen estados de transustanciación y metamorfosis en los personajes. Se manifiestan, de manera poética, a través de las continuas ensoñaciones de Eduardo, quien, desde que descubrió el nombre y la figura de Salvador Montes de Oca, no cejó nunca en su empeño en llegar descubrir los hilos de la traición a que fue sometido el mártir, su personaje, su alter-ego, en cierta forma, sin saber que él mismo sería traicionado por otro sacerdote, a quien se negó a satisfacer en sus peticiones de contacto íntimo.

13. No estoy seguro de que tus novelas sean novelas negras, pero Eduardo Montes nos resulta una especie de detective de vidas sometidas por la injusticia, desde Las redes de siempre, Las hojas más ásperas, Las puertas ocultas hasta El cielo invertido; en donde se revela su origen. ¿Piensas el país como una novela negra? ¿O son ideas de Eduardo Montes?
Cuando intentábamos definir el concepto de valor como instante congelado, como retrato de una escena en nuestra vida o la vida de un personaje, apelábamos al concepto de intuición, a través de la cual, nuestra vida pareciera devolverse, como una ola apresada y enmarcada en un instante.
Si algún mérito tiene la novela de portentoso y único, radicaría en que, sólo a través de ella conocemos o atisbaremos la vida secreta de los personajes. En la vida real ¿conocemos la vida secreta de quien es nuestra madre, esposa, hijo? En ello parafraseando al gran Quasimodo cada quien está solo sobre el corazón de la tierra. Sólo el novelista es capaz de revelar la vida secreta de los personajes y creo que, sin la posibilidad del conocimiento e intuición de la vida secreta del personaje, carecería de sentido el rol del novelista.
Hay mucho de “novela negra” en las disquisiciones de Eduardo Montes, Creo que tu intuición resulta acertada. Sin embargo, aun cuando su actitud y comportamiento, su rol como personaje que en todas mis novelas, por lo menos en las de la pentagonía, resulta siendo víctima de una circunstancia, aun cuando en El cielo invertido sea quien ordene y dé forma a los materiales que configurarían la forma arquitectónica del libro.

14. La vida de Montes de Oca era un misterio hasta que tu novela devela una trama miserable de otro sacerdote y sus aspiraciones familiares. Lograste poner en escena una trama montada desde un poder, como el de la iglesia para manipular a otro poder, el político. Te ocupaste de relatar una historia vergonzosa, entre las muchas que hay, de la iglesia católica, a pesar de ser un creyente activo. Has hecho suceder desde la ficción cosas que no suceden, con la idea, como afirma Javier Marías en uno de sus discursos, con la idea de que eso pueda interesar algún día a alguien ¿Crees que lo has logrado?

Me siento realmente muy satisfecho. El gran poeta Eugenio Montejo, entre otras personas a quienes reconozco el estímulo y el apoyo brindado en el proceso de investigación previa a la redacción del manuscrito, me llamaba por teléfono muy a menudo. Sobre todo al final de año, para felicitarme con motivo del nuevo año. La última vez que me llamó me habló acerca de la posibilidad de que yo escribiese una novela sobre Montes de Oca. Antes lo había hecho mi hijo Pavel, quien escribió una monografía sobre el martirio del Obispo, dentro de la programación de un curso universitario.
Pero nunca olvidaré lo que me dijo el padre Luis Manuel Díaz, para ese entonces Vice-rector en el Seminario “Nuestra Señora del Socorro”, quien me apoyó al permitirme consultar valiosísimos documentos sobre el caso:
“—Sobre Montes de Oca se ha escrito mucho. Pero nadie ha dicho toda la verdad. La traición que se tejió en su contra lo condujo a una muerte muy cruel, causada, lamentablemente, por personeros de nuestra Iglesia. Tú eres un novelista. Tú estás llamado a decir la verdad.”
La verdad ficticia, fundamentada en una serie de técnicas que el lector validará a través de la lectura, la epístola, el monólogo, la intertextualidad, el diálogo y la descripción dramática, irá tejiendo, con base en el mosaico estructural la visión del gran tema que cruza, a manera del agua de un arroyo y, a veces, de un río y de un mar devuelto, el de la traición como una de las más bajas de las miserias humanas pues devora a quien la causa y a quien la padece. Creo que, junto al coro de voces, logré armar un gran tapiz que no sólo recrea el martirio de este santo varón, sino de otros personajes que como él también la sufre y la padecen: Eduardo Montes, Ignacio Andueza, Josué Mariño.
Al comienzo de la novela emergen dos imágenes que parecieran constituirse en símbolos recurrentes, en imágenes que tejen y destejen el tema de la traición de los labios o de las manos de los distintos narradores que, junto a Eduardo Montes, aparecen, desaparecen, cruzan ámbitos, edades y épocas: las trenzas de los zapatos que Eduardo no consigue anudar y el espejo a través del cual su tía Carmen lo sigue en su insondable ensoñación. O en su devaneo.

15. De tus palabras de presentación en la novela en Valencia en febrero del año en curso, me quedan dos interrogantes; del petitorio a la Iglesia de hacer justicia a la memoria de Monseñor Montes de Oca ¿qué ha sucedido? Y otra que pienso, es un poco lo que contiene aquel petitorio también, que estimuló la imagen que Eugenio Montejo te regaló, como el capullo de una flor (para usar tu imagen de aquel discurso), al solicitarte que escribieras esta novela: una puerta no se cierra del todo, así como una trenzas de unos zapatos, jamás terminan de anudarse, ¿sigues viendo al mundo a través de esas imágenes?

Seguramente alguien llegase a imagen que la novela fue escrita pensando en enaltecer la figura de Salvador Montes de Oca pensando en que pudiese utilizarse en la campaña o, mejor dicho, en la lucha que libra un sector de la Iglesia Católica para motorizar a los fieles alrededor de la idea de elevar su nombre ante las altas autoridades de el Vaticano para que, por fin, sea elevado a los altares. Inclusive, por coincidencia, la novela fue lanzada, primero en la Universidad Católica Andrés Bello y, luego, en la sede de IPAPEDI en los días en que el Arzobispado de Valencia nombró una comisión Ad-hoc, para que se encargue de llevar adelante una serie de actividades en ese sentido.
Yo, inmediatamente, me puse a las órdenes de los miembros de la comisión, contactando a la profesora Marielena Mestas, integrante del personal docente de la UCAB y al presbítero Antonio Arocha, Párroco de La Candelaria, acá en Valencia, dos de los ilustres integrantes de dicha comisión y se sintieron muy complacidos con mi disposición a colaborar en ese sentido.
Sobre tu segunda interrogante, debo decirte que cuando se está escribiendo una novela se vive en ella todo el día, en todos los momentos, en todos los instantes: la puerta nunca cierra del todo y las trenzas no terminan de anudarse. Eugenio Montejo, nuestro amado y eterno amigo y hermano, pareciera al mismo tiempo, en ese instante en que me habló de esas dos imágenes, olvidó decirme o se lo reservó, que esas imágenes siempre han estado y estarán conmigo: rehusé y rehusaré la idea de terminar de anudar las trenzas o de cerrar la puerta. Siempre he vivido y viviré en el amago.

José Napoleón Oropeza
Las Eluvias III, amanecer del 10-11-17
Las Eluvias III, amanecer del 23-12-17
Las Eluvias III, amanecer del 05-01-18

Entrevista publicada en El Nacional el 8 de enero de 2018.