Dos poemas inéditos de Luis Beltrán Mago

Trazo
Trazo una línea horizontal y
escribo la palabra corazón.
La invierto y me seduce el nombre
amor.
Viajo a su redor y la paz se
asoma
como una espiga al
viento.
Como el sonido de todos los
metales
corriendo por un barandal de
nubes.
Trazo una línea vertical y en su
vitral
aparece la palabra
luz
como un espejo donde se miran los
rostros
y comentan de la edad y las edades.
Cruzo la línea del
tiempo
y todos los relojes del mundo
recogen
la existencia del verano, de la primavera, del
otoño y del
invierno
porque son de la vida como el
hombre.
Como los ríos. Como la
mar.
Redondeo la línea como una
hostia
y de su interior crecen, como
raíces,
los cantos y los trinos. Se ilumina la
luz
y el vino cuenta su
historia
de uvas y parrales.
Recojo en un haz de silencio y
fuego
metales. Las íntimas
palabras
y desando los pliegues de la
historia
y a mi memoria llega la palabra
vida.
Entonces mi corazón se llena de
sonrisas
y en el poema canto

San Antonio el salvador

¿Quién podía imaginar
que la magia de san Antonio
regresara
la paz a mi espíritu
herido
después de que algo tan íntimo
a mi hacer de todos los días
desapareciera intempestivamente?

Lloré porque mi agenda
telefónica,
memoria de todos mis días,
no estuvo al alcance
de mis ojos.

Lloré porque no podía
establecer
el diálogo cordial con quienes
—amigos de mi afecto—
suelo conversar en horas
y segundos.
Porque yo no podía al instante
comunicarme
con amigos y hermanos
fuera
Bogotá, Buenos Aires, París, Madrid, La Paz.
O con mi Cumaná de siempre.

Lloré
porque no tenía en la memoria
los códigos y números
que mi agenda contenía.

(Amar lo que se ama
—el amor, la palabra, el perro, la búsqueda final de algo
que alimenta la sensación
de tenerlo—
nos lleva al sufrimiento
cuando por el azar se pierde).

Dolido estuve por horas
y por días
sin esa agenda íntima
que casi es la memoria
o es el corazón.
Tan dolido que ni siquiera
el abrazo y el beso del hijo
en el Día del Padre
sacudió la piel de mi conciencia.
Lloraba.

Hoy —gracias a san Antonio
que extendió sus ojos
y sus brazos
en su búsqueda
sin tregua—
la tengo de nuevo ante
mis ojos.

Ahora la contemplo:
nombres y números aparecen
como si fueran seres
que hablan y conversan.
Como antes
—cuando perdí a Negro,
el perro de mi niñez—
sentí
la angustia de la pérdida.
El dolor que conmueve.

De regreso a mis manos
y a mis ojos,
abro donde está la S en ese
abecedario
y marco para darle las gracias
a san Antonio salvador.

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